miércoles, 21 de enero de 2009

"El Baldío"

Con “El Baldío”, también de Augusto Roa Bastos, cerramos con broche de oro el curso de Lectura Analítica.

LA REPISA

Por Andrea V. Arenas

Convertida en su sombra entro con él en “El Baldío”. Imperceptible en la oscuridad pero siendo aún uno, tiramos y jadeamos.

Olemos: con la mano intentamos alejar de la nariz la fetidez dulzarrona del lugar.

También oímos: cuando nos detenemos un poco para recobrar fuerzas y seguir jalando alcanzamos a percibir el apagado rumor de la ciudad.

Los faros de un auto nos separan por un instante y le veo lanzarse con temor al suelo junto a la carga para no ser descubierto.

De nuevo en pie acomodamos el bulto para marcharnos, no sin antes arroparlo con basura.

Creyendo la tarea concluida, nos pasamos el brazo por la frente regada de sudor.

Escuchamos algo extraño.

El fogonazo de un relámpago vuelve a separarnos y le observo arrodillado buscando, titubeando, queriendo huir...

Abandonada en la oscuridad le distingo alejándose casi corriendo, aligerado de carga y con la esperanza en brazos.

"Encuentro con el traidor"

Para terminar leímos también dos cuentos de Augusto Roa Bastos.

Aquí la entrega correspondiente a “Encuentro con el traidor”.

LA REPISA


Por Andrea V. Arenas


Les sigo de cerca desde el puesto de periódicos. Sé que se han reconocido.

Paso a paso voy conociéndolos. Diferentes caras de una misma moneda: la guerra.

Cada uno analizando al otro. El uno sabiendo los motivos del otro. Y el otro dando rienda suelta al odio acumulado durante tantos años.

Habían estado muertos y de pronto resucitan.

Ninguno se ha percatado de mi presencia. Me aproximo un poco más, no demasiado.

Los compañeros de ideales se separaron hace 30 años. Uno aceptó seguir viviendo como un infame, mientras el otro ha vivido esperando este preciso momento para cobrarse.

Ya a más corta distancia presencio el encuentro y me desarmo a la par que el rencoroso.

De pronto el otro voltea hacia mí y su media mirada me revela la verdad y me hace cómplice y amiga.

Sólo él y yo sabemos el secreto, y aunque me asalta la idea de revelarlo, es entonces cuando comprendo que pese a ser el personaje de un cuento nunca podría traicionar su confianza.

martes, 20 de enero de 2009

"La gallina degollada"

El otro cuento de Horacio Quiroga fue "La gallina degollada".

LA REPISA

Por Andrea V. Arenas


No hay nada más horrible que el desdén hacia la pareja y la indiferencia y repulsión para con los propios hijos, al menos eso creía yo hasta que leí “La Gallina Degollada” de Horacio Quiroga.

- Me parece que podrías tener más limpios a los muchachos...

- Es la primera vez que te veo inquietarte por el estado de TUS hijos...

Así comenzó la debacle entre Mazzini y Bertha, pese a que hasta ahora la fatalidad más bien los había unido.

A los catorce meses de casados tuvieron su primer hijo, pero al año y medio sufrió de convulsiones y quedó idiota.

Con renovada esperanza decidieron tener otro bebé, sin embargo, corrió la misma suerte que el primero y cayeron en honda desesperación, creyendo que su sangre, su amor, estaban malditos.

En un loco anhelo de redimir su cariño recibieron a los mellizos; la mala fortuna volvió aterradora.

Por fin arribó al seno familiar una niña que esquivó la maldición de sus hermanos mayores, quienes fueron arrojados al negro olvido.

Babeantes pasaban el día sentados en el banco del patio, mirando el cerco de ladrillos con sus ojos estúpidos y haciendo fiesta en cada puesta de sol...

La sirvienta los vestía, les daba de comer y los echaba a dormir. Cuando oían truenos y veían colores brillantes, sobre todo el rojo, se reían radiantes de frenesí bestial.

Los idiotas lograron aprender a caminar, aunque chocaban con todo, y adquirieron cierta facultad imitativa... por suerte no se pudo obtener nada más...

"El Hombre Muerto"

De Horacio Quiroga sólo leímos dos cuentos, pero qué cuentos....

El primero fue "El Hombre Muerto".


LA REPISA

Por Andrea V. Arenas

¿Por qué no hemos detenido?, no es esta la rutina diaria, es decir, todo sigue igual excepto él...

¿Por qué se ha tendido en la gramilla?, ¿y su machete? él parece muy confundido...

¿Por qué se mueve tan extraño?, ¿qué es lo que intenta ver?, percibo resistencia y perturbación... El sol está casi en el cenit, pronto serán las 12:00...

¿Por qué insiste en seguir ahí tumbado?, ya ha pasado silbando el muchacho del caballo, como todas las mañanas, y él sólo ve con añoranza su casa y su bananal...

¿Por qué estamos recordando así?, el sol cae a plomo; le reconozco sus habilidades para el trabajo del campo y el manejo del machete...

¿Por qué entristezco?, comienzo a entender y le observo con conmiseración. Le siento cansado, en paz, pero desligado...

¿Por qué sigo aquí?, ¿acaso siento respeto, tal vez temor?, ambos escuchamos el llamado acostumbrado a esta hora; para mí tan claro, para él tan lejano...

¿Por qué me siento tranquilo aunque ya no le distingo?, “El hombre muerto” es ahora un bulto, y yo, Malacara, por fin puedo seguir mi camino.

"El Ensalmo"

Después de varios meses sin actualizar el blog, ahora lo retomo completando primero lo que faltó del curso de Lectura Analítica.

Esta sería la última entrega de los cuentos de Arturo Uslar Pietri: “El Ensalmo”.


LA REPISA

Por Andrea V. Arenas


En medio de la noche brutalmente interrumpida por ráfagas de luz, logro distinguir a un hombre, no sé en dónde estoy, pero sé que se llama Pedro y que es doctor.

Entre un fogonazo y otro, alguien pide ayuda. Una mujer blanca y con el pelo casi rojo está peligrosamente cerca...

Otra vez los gritos. Es el doctorcito. El relámpago ilumina de pronto y nos sorprenden unos ojos fosforescentes

Volteando de un lado a otro buscamos una explicación pero el miedo no nos deja pensar; aparece el indio Juan Luis entre la selva; la lluvia sigue cayendo; ya no veo a la mujer, pero siento su presencia.

Aliento hediondo y colmillos de tigre nos acechan; el agua me ciega; Pedrito se va, ha cambiado...

Sobresaltada me descubro en cama, temblando y empapada de sudor... de mi mano caen unas hojas enmarañadas...

Alguien me ofrece una taza humeante... reconozco a mi suegra que intenta sonreír gentilmente mientras me insiste con el brebaje...

Las hojas en el piso anuncian “El Ensalmo” y entonces recuerdo la lectura del cuento de Arturo Uslar Pietri...

Tocan a la puerta... ¡qué bendición!... mi suegra va a abrir mientras yo derramo “accidentalmente” el contenido de la taza...

No es que yo crea en ensalmos y cosas de esas, pero...

jueves, 29 de mayo de 2008

"La Pipa"

Dentro de la serie de cuentos de Arturo Uslar Pietri encontramos este: "La Pipa"


LA REPISA

Por Andrea V. Arenas


Sólo él podría haberme hecho esto.

Me llevó a conocer a un tipo miserable. Un ser soberbio y autoritario que mataba a golpes hasta las menores rebeldías, y fumaba.

Me hizo acompañar a aquel que altivo se ufanaba cuando a su paso los hombres se ponían de pie y se quitaban los sombreros.

Tuve que soportar a ese individuo inmundo que se regodeaba en el placer de estrenar cada noche una hembra recién fregada por un peón, para despacharla al día siguiente sin más.

Me obligó a convivir con un sujeto que jugó con una mujer a la que manipuló para conseguir aquello que le obsesionaba – sólo porque no podía tenerle- , para después desecharla como un bulto.

Sólo él se atrevió a entregarme a alguien que a través de otro mira lo que fue, sin arrepentimiento, más bien con la delicia de recordar y el pesar de no poder seguir siendo lo que fue por culpa de la vejez.

Nadie más que él pudo conferir a un objeto tanta importancia en la vida de este engendro.

Sí, sólo él. Sólo Arturo Uslar Pietri pudo condenarme a seguir junto a un anciano repugnante cuyas manos nervudas me acarician sin cesar y cuya boca me quema tanto o más como la impotencia de escapar, pues no soy más que una “Pipa”.

"Día Séptimo"

Continuamos con este relato, "Día Séptimo", también de Arturo Uslar Pietri.

LA REPISA


Por Andrea V. Arenas

Conforme la nube de polvo se va disipando consigo verle; ahí está, tirado en el piso, tiritando…

José llegó callado y tembloroso, prendido en calentura…

El viento me golpea, con la mano trato de proteger mis ojos…

De un empujón despiertan a José para ir al ordeño, en la Cazalbera, atento al canto del ordeñador para soltarle el becerro adecuado y librarse de un vergazo.

La tierra vuelve a levantarse con fuerza…

Le ofrecen un cocimiento, está muy débil para hablar, pero lo agradece con los ojos. El frío le atravesaba las carnes como las espinas del naranjo cuando el amo lo castigaba obligándole a cantar como arrendajo, trepado por horas en el árbol.

Pero eso fue antes, ahora sale a caballo de madrugada y vuelve por la tarde venga sol o venga agua.

Se levanta una polvareda espesa al paso de los novillos arreados por José. Le acompaño también por el sesteadero de los Alcornoques, por el paso de la Iguana, por Corozo Pando y la pulpería del Carmen. A La Villa, no.

Ya no sentimos ni los pies, ni las manos. No son nuestros. El cuerpo helado. Todo gira y zumba…

Otra vez el viento y el polvo…

Sobrecogida por la rudeza del ascenso entre los hombres del campo, termino de leer esta historia de Arturo Uslar Pietri sobre José la Cruz, un peón marrereño, antes peón sabanero y becerrero, que no pudo llegar al “Día Séptimo” y a La Villa.